Posaba su cuerpo sobre dos tablones mientras unos tímidos rayos de sol percolaban por sus ropas.
Un espeso bao de de tilos y azares barría bien lejos -quizás hacia otros cielos - arrugas, humores y ardor de sus pesares. Ese sábado había decidido salir y aquel rincón, en esa plaza, se le hacia irresistible.
Perdía su mirada en las diagonales nacidas desde una fuente y la ventisca de un vuelo rasante desordenaba su pelo. Dos tacos acompasados se acercaban estrepitosos acortando la distancia de sus oídos distraídos.
Clasificados, obituarios, aniversarios en oro y plata. Todo sino acotado en el inmaculado blanco de una página de diario. Lo deja en un costado, sobre el banco y sostiene su cabeza con las manos, como pilares descansados en sus rodillas.
Pierde su vista en el suelo…delinea una baldosa…Y la ferocidad negra de las hormigas, desafiantes ahí abajo, arrojadas a su instinto tan al ras del suelo, la arranca bien lejos de sus cavilaciones.
Imágenes en su ensueño se fugan de aquíes y ahoras.
- Adiós,
Algún vecino,
- Buen día.
- ¿Lloverá?
Aquella ajada mujer alimenta a las ratas aladas que algunos pretenden liar con animales de altísimo vuelo. Las mira, a sabiendas del acecho contenido en sus cuencas de expresiones vacías. Y no puede evitar el horror al verlas luchar por un puñado de migas de pan… ¿supervivencia?
Inhala una bocanada como si el aire fuera a agotarse en ese instante. Ya casi atardece, exhala.
Sacude perezas, enjuga sus parpados, y decide emprender la marcha olvidando, como es costumbre, un puñado de gotas pendientes de su paraguas.
Camina ligero, impuntual, ya lo sabe, hasta distinguir a la lejanía aquella silueta, como es siempre, esperando acodada tras los cristales del café de la esquina.

























